martes, 4 de abril de 2017

Gerardo Sacristan Torralba (1907 – 1964)


Nació en Logroño un 25 de julio de 1907 en el seno de una familia de clase media. Su padre tenía un puesto directivo en la Tabacalera de Logroño y la representación en la zona norte de España de la compañía de seguros francesa: Assurances Generales de incendios. Los valores estéticos, plásticos y su sensibilidad artística, fueron estimulados en su entorno. El padre llenaba su ocio pintando y dibujando, su madre era una mujer temperamental de gran habilidad manual. Los dos únicos hijos del matrimonio, Estrella y Gerardo, se dedicaron al arte. Estrella a la música, llegando a ser concertista de piano y Gerardo a la pintura. Estos datos son sintomáticos del ambiente y sensibilidad de su familia, si nos situamos en la época y lo difícil que se hacía entonces la dedicación al arte como profesión.
Estudió el bachillerato en los Hermanos Maristas, destacando notablemente en el dibujo. A pesar de la insistencia paterna para que cursara estudios de medicina, apoyado por el entonces director de la Escuela de Artes y Oficios de Logroño, D. Francisco Viso, y con la complicidad de su madre, consiguió autorización para dedicar un año al ingreso en la Escuela de Bellas Artes San Fernando de Madrid. Con 17 años, en 1924, se traslada a Madrid e ingresa ese mismo año con Matrícula de honor en todas las pruebas de acceso. Durante los cinco años de carrera fue compañero de Pedro Lozano de Sotés y de curso de ”Piti” Bartolozzi. Su relación y su amistad continuaron posteriormente en Pamplona, fueron sus primeros amigos en la ciudad. Sacristán y Bartolozzi siempre se apreciaron mucho en lo personal y en lo artístico, a pesar de tan diferentes estilos pictóricos en los que derivó su trayectoria. En San Fernando el talento de Sacristán asimiló pronto el impresionismo español y la escuela velazqueña, madurando con el estilo de los clásicos y las enseñanzas de sus maestros. Fue discípulo de Moreno Carbonero, Romero de Torres, Santamaría, Zuloaga y Benedito. Estos dos últimos, sobre todo Benedito, dejaron en su “manera” una huella que perduraría siempre. Finalizados los estudios de Bellas Artes, en 1929, quiso conocer los movimientos vanguardistas de la pintura, y seguir su formación en París. Benedito le aconsejo madurar algo más su estilo, antes de enfrentarse con el ambiente artístico de la capital francesa. Cosa que hizo, durante un curso, bajo la dirección del artista.
Becado por el Ayuntamiento y la Diputación de Logroño, se traslada finalmente a París en 1930. Contaba 23 años. Se instala en una espaciosa buhardilla en Montmatre, que comparte con un bailarín indio americano -del que nos dejó un dibujo-. Coincidió en clases con Salvador Dalí, con quien no simpatizó a pesar de ser los dos únicos españoles de la escuela de pintura parisina. Allí convivió a fondo con la fiebre del dadaísmo, del surrealismo, del primer abstracto, del neoimpresionismo, del fauvismo, del futurismo y del cubismo. Sacristán estudió y observo con interés y curiosidad estos movimientos, pero prefería a Cezanne y admiraba a Nonell, respetando las tendencias vanguardistas e iconoclastas. En 1931 regresa a España y expone por primera vez en Logroño su obra de París, pintura que causa verdadero revuelo en su provinciana y pequeña ciudad natal a cusa de las obras en las que se exponían cuerpos desnudos. Realiza periódicamente viajes de estudio por Italia, Bélgica y Holanda. En Logroño va madurando su estilo sin dejar de visitar en Madrid a su maestro Benedito.
A Sacristán, que no era persona política sino un joven artista ilusionado, le sorprendió la guerra civil en Madrid cuando acababa de aprobar allí la oposición a Cátedra de Dibujo de Instituto. No fue nunca un artista ensimismado, su sensibilidad social, su sentido de la justicia y de la libertad, fueron aspectos de su personalidad que le acompañaron siempre, por este motivo se presentó en la Oficina de reclutamiento de la República, allí un militar de graduación lo reconoció y le dijo estas palabras: “Sacristán, tú con esas manos no puedes ir al frente a que te maten”, y fue destinado a realizar trabajos de topógrafo primero al frente de Madrid y después al de Arganda. Entre 1937 y 1938, estando en el frente de Arganda, le enviaron como profesor al Instituto-Internado de Caspe (Teruel), dirigido entonces por D. Romualdo Sancho Granados, para reorganizar el Instituto y a quién, al ser trasladado luego, sustituyó en la dirección. El Sr. Sancho Granados, de Tudela, exiliado en México hasta bien pasada la posguerra, volvió a “encontrarse” con Sacristán al leer el libro de Pintores Navarros, editado por la Caja de Ahorros Municipal en 1981. En carta enviada a su hija, dice: “…organizamos el Instituto, establecimos una buena amistad… en las tardes se marchaba al campo con sus alumnos que le apreciaban mucho … realizó pinturas en las aulas y el comedor para que aquello quedara más agradable para los muchachos… En un bombardeo no tuvo el más mínimo temor de salir a recoger a varios niños que corrían por la carretera bajo las bombas y llevárselos al monte, donde todos estuvieron a salvo… Su padre, por muchos conceptos se merece los homenajes que se le hagan y figurar en este bello libro de pintores navarros.” Existe correspondencia de los llamados por él “niños de Caspe” que acreditan que ante la inminente entrada de los “nacionales” y la huída de todo el profesorado fue el único que se quedo con ellos hasta el final, huyendo luego por el monte. Sus dibujos y pinturas en el Instituto fueron muy admirados y valorados por personas del mundo de la cultura de la zona.
No huyó al extranjero como muchos de sus compañeros, sino que se refugió en Valencia, a donde llegó andando desde Caspe y allí fue acogido por un amigo de su padre que le ayudó a regresar a Logroño, en un camión de mudanzas, poco antes del fin de la contienda. Al terminar la guerra, fue denunciado por comunista y antirreligioso. Y por una Orden del Ministerio de Educación Nacional, de 24 de febrero de 1940 resolviendo los expedientes de depuración del Profesorado, fue separado definitivamente del servicio, prohibiéndole ejercer la docencia indefinidamente en todo el territorio nacional.  Estuvo dos años sin poder pintar en continuos viajes a Madrid para resolver su situación y siempre con temor a ser detenido. Finalmente, gracias a contactos con amigos, se le reconocieron sus derechos legales, y en 1942 tuvo que repetir la oposición que aprobó con el nº 1. Posteriormente, impartió clases de dibujo en el Instituto de Haro, Logroño. Más tarde tomó posesión de la Cátedra de Dibujo del Instituto “Ximénez de Rada” de Pamplona, en 1943. Buscó una casa con mucha luz y comenzó a pintar con algo de tranquilidad. “La María” fue su primer cuadro después de años sin casi coger un pincel. Decía “espero que no se me haya olvidado pintar”.
Fuentes:
Nota: La propiedad intelectual de las imágenes que aparecen en este blog corresponde a sus autores y a quienes éstos las hayan cedido. El único objetivo de este sitio es divulgar el conocimiento de estos pintores, a los que admiro, y que otras personas disfruten contemplando sus obras.



























































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